La víspera de Navidad en Guasave dejó algo más que ruido y humo: dejó amputados, quemados graves y la confirmación pública de una verdad incómoda: el programa preventivo del Instituto de Protección Civil fue una simulación.
Mientras la autoridad presumía campañas para desalentar el uso de pirotecnia, la realidad fue otra.
Cientos de kilos de explosivos se vendieron y detonaron sin control alguno. La pirotecnia estuvo disponible en tienditas de barrio, grandes dulcerías y comercios establecidos, a la vista de todos y con absoluta impunidad.
No hubo decomisos relevantes, no hubo sanciones visibles y, sobre todo, no hubo autoridad. El saldo fue trágico y perfectamente evitable.
Dos personas resultaron con lesiones de extrema gravedad por la manipulación de pirotecnia, obligando a su traslado de urgencia al Hospital General de Zona No. 32 del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), donde permanecen bajo atención médica especializada.
El primer caso es el de Camilo Antonio, un menor de 15 años, con domicilio en la comunidad de La Cofradía, quien sufrió quemaduras de segundo grado en aproximadamente el 18 por ciento de su cuerpo tras manipular artefactos explosivos. Su estado de salud fue reportado como delicado, quedando internado bajo estricta vigilancia médica.
El segundo hecho es aún más contundente. Salvador “N”, un hombre de 31 años de edad, con domicilio en el sector Campestre, sufrió la amputación traumática de tres dedos de una mano luego de que la pirotecnia que manipulaba explotara. Una mutilación permanente que marcará su vida para siempre.
Estos nombres, estas lesiones y estos domicilios desmienten cualquier discurso oficial. No se trata de cifras abstractas ni de daños menores: se trata de cuerpos dañados, de infancias lesionadas y de adultos mutilados por la negligencia institucional.
La evidencia es irrefutable. La pirotecnia no fue erradicada, ni controlada, ni vigilada. Protección Civil falló antes, durante y después, limitándose a comunicados y llamados que no tuvieron respaldo en acciones reales.
Hoy Guasave no tiene un problema de cultura ciudadana; tiene un problema de autoridad ausente, omisión gubernamental y simulación preventiva.
Las consecuencias ya no se miden en decibeles, sino en dedos amputados, piel quemada y familias destrozadas.
Y ante este escenario, la pregunta no es si la estrategia falló, sino quién va a responder por los daños, mientras el gobierno miró hacia otro lado.


